Hay una de las tantas definiciones de deber que me parece muy acertada y es que deber se define como cumplir obligaciones nacidas de respeto, gratitud u otros motivos. Y en cuanto a hacer, es ejecutar o poner por obra una acción o trabajo.

A veces la religiosidad ataca nuestras vidas, nuestras mentes y nuestros corazones y entonces nos volvemos como una máquina detectora de pecados. Cada que nuestro hermano se equivoca y cae en un pecado, comienza a pitar en nosotros el juicio y detectamos su pecado. Creemos y estamos convencidos que, porque no matamos, no mentimos, no fornicamos o no tenemos pensamientos inmorales entonces todo está sumamente bien en nosotros. Sin embargo, hoy me encuentro con un versículo que en realidad es muy confrontante y no sólo para los que tenemos el detector de pecados sino para aquellos que, aunque no caen en juicio contra otros, están sentados de brazos cruzados, esperando que ocurra algo, cuando el deber del hacer lo que nos corresponde, debería ser un principio que rija nuestras vidas.

“Recuerden que es pecado saber lo que se debe hacer y luego no hacerlo”.
Santiago 4: 17:

Cada uno de nosotros está donde está por Su misericordia, por Su voluntad y sobre todo para ser luz y brillar. Cuando somos conscientes que tenemos que hacer algo porque Dios nos habló, o simplemente porque hace parte del que debería ser nuestro comportamiento como hijos de Dios, o porque hace parte de las funciones del cargo que se nos ha sido delegado, o porque está escrito en su Palabra, entonces estamos garantizándonos a nosotros mismos que es necesarios actuar, que es una obligación que tenemos sencillamente por agradecimiento y por respeto a lo que Él ha hecho por nosotros.

Hay un ejemplo que cita la Biblia y claramente evidencia por qué el no cumplir con el deber hacer es un pecado, está en 2 S. 11 y es nada más y nada menos que el pecado del Rey David.

La Biblia narra en el versículo 1 lo siguiente: “En la primavera, cuando los reyes suelen salir a la guerra, David envió a Joab y al ejército israelita para pelear contra los amonitas. Destruyeron al ejército amonita y sitiaron la ciudad de Rabá. Sin embargo, David se quedó en Jerusalén”.

Creo que todos conocemos lo que le pasó a David, la magnitud y los alcances que tuvo su pecado, pero si leemos con detenimiento este versículo, todo empezó porque como Rey estaba en la obligación de ir a la guerra, de acompañar a su ejército, ese era su deber hacer, pero no, en vez de hacer eso, decidió quedarse en casa y ya con esa acción estaba pecando.

O sea que de entrada el pecado de David inició cuando dejó de hacer lo que debía hacer, justo ahí comienza esa bolita de nieve que terminó en adulterio, asesinato, condenación, enfermedad, muerte, etc.

La historia es larga y se presta para hablar de muchas cosas, pero digamos que lo que Papá me está susurrando este día es ¿Qué estás dejando de hacer que sabes que debes hacer? No permitas que algo que no pareciese un pecado grave termine en un desastre. La Biblia dice que no hacerlo ya es pecado, o sea que la omisión también es pecado, y la consecuencia del pecado siempre será muerte.

En los versículos 2, 3 y 4 dice que David estaba durmiendo al medio día y se paseaba por la azotea, es decir, no tenía nada para hacer, ya estaba en un momento de parálisis, se había desenfocado de su función como Rey y eso lo llevó a tener su mente expuesta al no tenerla ocupada en lo que debía. Y entonces empezó a buscar algo para entretenerla y se topó con una mujer despampanante, que justo se estaba bañando. Y lo más teso pasa luego, se aprovecha de sus facultades como Rey y en vez de estar usándolas en la guerra, en lo que verdaderamente tenía que usarlas, las usa con sus siervos para que le traigan a esta mujer (y que conste que hasta sus siervos le advirtieron que era casada, que tenía esposo) pero como ya el pecado había hecho nido en su mente, entonces estaba enceguecido, paralizado para hacer lo correcto.

El resumen de la historia es que finalmente se acuesta con ella, ella queda en embarazo, él mata a su esposo con un plan perverso, nace el bebé enfermo y luego muere, y empiezan a pasar una serie de eventos trágicos en su vida y en la de toda su familia, porque así es el pecado, entra de la manera más sutil y hace de las suyas.

No permitas que algo así pase en tu vida, no dejes que el enemigo use las facultades que Dios te ha dado para hacer lo que no debes estar haciendo, corre con diligencia a hacer lo que debes y tienes que hacer.

“Así que tengan cuidado de cómo viven. No vivan como necios sino como sabios. Saquen el mayor provecho de cada oportunidad en estos días malos”.
Efesios 5: 15-16

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