Dentro de los círculos cristianos hay un cliché común con el que las personas tienden a tomar decisiones: la paz subjetiva. “No me da paz” o “esa decisión trae paz a mi corazón”.

¿Es esa una buena forma de tomar decisiones? No lo creo. La razón es que esa paz no es por lo general fruto del testimonio interno del Espíritu Santo sino un resultado de nuestro proceso mental subjetivo.

Todos tenemos una “programación” mental para responder a cada situación que se nos presenta. Esta programación está influenciada por nuestra educación, cultura y experiencias. Las cosas que vimos, escuchamos y las experiencias positivas y negativas nos predisponen o programan para responder de cierta manera a las nuevas experiencias en la vida.

Por ejemplo, alguien tiene problemas con su jefe en el trabajo. Si en su pasado la persona tuvo problemas con la autoridad por padres abusivos o maestros autoritarios, su programación mental le dice que es mejor evitar el conflicto y huir de la situación en lugar de enfrentarla. La persona considera renunciar a su trabajo y ora brevemente al respecto. Cuando piensa en renunciar, siente “paz”. Pero cuando piensa en quedarse y en los conflictos con su jefe, “no siente paz”. ¿Fue Dios o fueron sus emociones programadas las causantes del sentimiento de paz?

El autor Harv Eker da el siguiente ejemplo en cuanto a las finanzas: “Ante cualquier situación nueva a la que tengas que enfrentarte, acudirás a los archivos de tu mente para determinar cómo actuar. Pongamos por ejemplo que estas considerando una oportunidad económica: automáticamente vas a tu archivo etiquetado como dinero y desde allí decides qué hacer. Los únicos pensamientos que puedes tener acerca del dinero serán los que esten guardados en tu archivo de dinero. Eso es todo en lo que puedes pensar, ya que eso es todo lo que hay en tu mente bajo esa categoría. Decides basándote en lo que crees que es lógico, sensato y apropiado para ti en cada momento. Optas por la que piensas que es la elección correcta. El problema, sin embargo, es que tal vez tu elección correcta no sea una elección exitosa. De hecho, lo que para ti resulta perfectamente lógico puede producir resultados perfectamente nefastos.”

Los pensamientos producen sentimientos. Los sentimientos producen acciones. Las acciones producen resultados.

La paz de la que hablamos aquí es un sentimiento producido por nuestros pensamientos. Y muchas veces esos pensamientos están basados en información incompleta, en creencias falsas, mentiras que hemos aceptado como ciertas, prejuicios, etc. Por eso es que “la paz” no es un criterio infalible para la toma de decisiones.

Por lo que vemos de Jesús en el Getsemaní, él no tenía paz acerca de ir a la cruz, pero tomó la decisión de hacerlo, por obediencia. Seguramente Pablo no sentía paz cuando se dirigía a Jerusalén sabiendo por palabras proféticas que lo iban a arrestar—pero siguió adelante a pesar de todo por convicción.

No sometas tus decisiones a un sentimiento. Somete tus decisiones a la guía del Espíritu Santo. Muchas veces Dios te pedirá que salgas de tu zona de comfort o que enfrentes tus temores y confíes en él. Muchas veces la paz vendrá luego de que hayas obedecido.

¿No puede el Espíritu darte paz para confirmar que has tomado la decisión correcta? Claro que sí, pero asegúrate de que no es una emoción programada. Por ejemplo, si sientes que algo no te da paz, no lo dejes en la intuición. Pregúntate, ¿qué es exactamente lo que no me da paz? ¿de dónde viene esa emoción, cuál es la raíz? ¿viene de Dios o de mi manera de pensar?
¿Qué dice la Palabra de Dios? ¿Qué dicen otras personas sabias al respecto? ¿Qué información me hace falta?

No tienes que responder todas esas preguntas, pero sí debes ser consciente de tu propia programación mental. Una vez descubras por qué piensas lo que piensas, vas a ser libre de tus maneras habituales de actuar y vas a poder escuchar al Espíritu Santo y no a tus pensamientos carnales.

«Pues aunque andamos en la carne, no luchamos según la carne; porque las armas de nuestra contienda no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas; destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo.»
2 Corintios 10:3-5

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