Imagínate una empresa donde los vendedores no quisieran salir a vender sino quedarse en la empresa haciendo trabajo de oficina. O un ejército donde los soldados, en tiempo de guerra, no quieran salir al campo de batalla sino quedarse en la base entrenando. O peor aún, un hospital donde los médicos no quieren atender pacientes sino que prefieren quedarse hablando entre ellos (en comunidad) y actualizarse en los últimos avances de la ciencia. Diríamos que estas organizaciones no están cumpliendo su misión, ¿cierto? Diríamos que hay un problema con la mentalidad y el enfoque de esos vendedores, soldados y médicos.

Lo triste es que esa mentalidad la he visto en muchos cristianos. Se quejan de su trabajo y su labor y hablan de su deseo de poder dejar todo y “dedicarse a la obra”. Cuando les preguntas qué quieren decir con “la obra” hablan de pasar más tiempo en labores religiosas con su congregación. Usan palabras como “servir”, “ministerio”, “obra del Señor” y por lo general son ideas poco concretas en las que están involucrados en eventos de su congregación o en grupos de oración, ayuno, intercesión, visitación y demás.

Estoy seguro que ninguno de ellos llegó a la iglesia con esa idea. Ese tipo de mentalidad ha sido implantada por el sistema religioso en el que se desenvuelven después de su conversión, donde los predicadores hacen una división entre lo sagrado y lo secular, donde se exalta a aquellos que «trabajan para el Señor” y se desprecia a quienes “trabajan para el mundo”, donde los dones ministeriales dejan de ser funciones y se convierten en títulos jerárquicos.

«Y El dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo;»
Efesios 4:11-12

Quienes hacen la obra del ministerio no son los pastores o evangelistas, sino los miembros de la ekklesia. Los apóstoles y demás son los entrenadores, pero la obra la hacen todos los creyentes. Nuestra meta es impactar la sociedad en nuestro lugar de trabajo o estudio. Los evangelios llaman a Jesús, “el carpintero” del griego tekton, que significa artífice o artesano. Él no era un simple trabajador de la madera sino un artista. Probablemente fue un hombre de negocios con su propia carpintería en Nazaret, pues así lo conocían en su ciudad.

Aunque Jesús pasaba mucho tiempo en oración, no era un ermitaño alejado de la sociedad. Sus parábolas muestran que Jesús tenía un amplio conocimiento del mundo secular, pues sus ejemplos tenían que ver con la construcción (Mateo 7:24-27), la elaboración del vino (Lucas 5:37-38), la agricultura (Marcos 4:20), la búsqueda de tesoros (Mateo 13:44), administración y trabajo (Mateo 20:1-16), negocios familiares (Mateo 21:28-31), inversiones (Mateo 25:14-30), cosechas (Marcos 12:27-32), uso del dinero (Lucas 15:11-16) y más.

Habiendo sido un hombre de negocios por más de 20 años, Jesús reclutó a personas del mundo secular para traer el reino de Dios a los pecadores, en lugar de ir a los círculos religiosos de Jerusalén. Sus seguidores fueron personas comunes y corrientes, no expertos en teología. Y los discípulos llevaron una vida normal y nunca separaron su vida espiritual de su trabajo.

Jesús intencionalmente reclutó personas del mundo laboral y no miembros del establecimiento religioso porque su objetivo era crear un nuevo vehículo social, la ekklesia—un movimiento que debería ser contracultura y no una subcultura. Ninguno de los doce era un líder religioso: pescadores, recaudador de impuestos, granjero, revolucionario…

De hecho, la iglesia no comenzó reuniéndose en un templo o una sinagoga, sino en el aposento alto de una casa privada—un cuarto lo suficientemente grande para 120 personas. Muchos de los primeros cristianos fueron gente de negocios, como Lidia, la vendedora de púrpura o Dorcas, quien tejía y era muy adinerada (Hechos 9:36). También estaban Aquila y Priscila, quienes hacían tiendas como Pablo (Hechos 18:3). Otros fueron gobernantes, como el eunuco etíope (Hechos 8:27), Teófilo (Lucas 1:1) y Erasto (Romanos 16:23).

La iglesia primitiva no creía que tenía que dejar sus trabajos seculares para servir al Señor en el ministerio de tiempo completo. No eran actividades mutuamente exclusivas. Incluso Pablo y su equipo trabajaban también:

«Pues vosotros mismos sabéis cómo debéis seguir nuestro ejemplo, porque no obramos de manera indisciplinada entre vosotros, ni comimos de balde el pan de nadie, sino que con trabajo y fatiga trabajamos día y noche a fin de no ser carga a ninguno de vosotros;»
2 Tesalonicenses 3:7-8

Aunque Pablo visitaba las sinagogas en las ciudades a donde iba, el crecimiento de la iglesia vino cuando intencionalmente iba al mundo secular. En Efeso, por ejemplo, Pablo junto con Priscila y Aquila empezaron un negocio de tiendas (Hechos 20:33-35) y usaron una escuela (Hechos 19:9-10) para enseñar sobre el reino todos los días. Esta fue la estrategia que luego dio lugar a un encuentro sobrenatural que transformó la ciudad.

Nuestra meta no puede ser capacitarnos teológicamente para encerrarnos en la “iglesia” (como se entiende tradicionalmente). Debemos invadir el mundo secular y transformar las ciudades desde adentro. El enfoque del reino es transformar los matrimonios, la familia, el trabajo y el gobierno con el poder de Dios. Si Jesús hubiera venido a salvar personas solamente, los creyentes serían transferidos al cielo inmediatamente después de sus conversiones. En lugar de eso, permanecemos en el mundo con la comisión de discipular naciones.

Jesús nos enseño a orar, “Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Eso significa que debemos llevar el reino a todos los confines de la tierra. Como tal, el reino no se puede limitar a un edificio en una ciudad, como el Templo en Jerusalén. Por eso, los primeros 3.000 convertidos se cosecharon en una campaña al aire libre y no dentro de un edificio religioso. Así nació la ekklesia.

Desafortunadamente, ahora sabemos mucho acerca de cómo plantar y crecer iglesias pero no tanto sobre el reino de Dios, pues en la teología actual, la iglesia ha reemplazado el reino. El enfoque ahora es traer gente al edificio de la iglesia en lugar de llevar el reino de Dios a donde la gente está.

Tú estás en la obra del ministerio en tu barrio, tu oficina y lugar de estudio. Si eres empresario, tus empleados son tu congregación—predícale a ellos. Si eres estudiante o empleado, tus compañeros son tu grupo de oración. Y tus vecinos son quienes necesitan la luz de Jesús que tú tienes, no solamente tus hermanos en Cristo. Cuando hacemos ese cambio de mentalidad, en lugar de estar buscando una estrategia de salida de nuestras labores “seculares” vamos a pensar cómo expandir nuestra influencia en el mundo y realmente traer el cielo a la tierra.

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